El reto
¿Cómo imaginamos nuestra salud dentro de diez años cuando buena parte de las condiciones que la determinan escapan de nuestras decisiones individuales?
En septiembre dedicamos nuestra sesión de Futuros Creativos a explorar una de las dimensiones más personales y, al mismo tiempo, más colectivas de nuestra existencia: la salud. Partimos de una inquietud cotidiana, la percepción que tenemos de nuestro propio bienestar, para cuestionar cómo podría transformarse hacia 2036 y qué factores sociales, tecnológicos, económicos, culturales y ambientales intervendrán en ese proceso.
La salud suele presentarse como una responsabilidad individual. Se nos recomienda alimentarnos mejor, hacer ejercicio, dormir suficiente, reducir el estrés y mantener hábitos saludables. Sin embargo, estas recomendaciones conviven con realidades muy distintas: sistemas sanitarios saturados, desigualdades territoriales, dificultades económicas, contaminación ambiental, precariedad laboral y redes de cuidado cada vez más exigidas.
Al mismo tiempo, la innovación médica está modificando las posibilidades de prevención, diagnóstico y tratamiento. Los medicamentos GLP-1 amplían sus aplicaciones, las pruebas médicas llegan al hogar y las discusiones sobre eutanasia cuestionan quién tiene derecho a decidir sobre el final de su vida. Estos desarrollos plantean nuevas oportunidades, pero también interrogantes sobre el acceso, la autonomía, la responsabilidad y los límites de la intervención médica.
Frente a estas transformaciones, nos propusimos examinar cómo nuestras expectativas personales de salud se relacionan con los sistemas de los que dependemos. ¿Qué podremos decidir sobre nuestro bienestar? ¿Qué sucederá cuando las tecnologías permitan intervenir cada vez más en nuestros cuerpos? ¿Quiénes tendrán acceso a esas posibilidades? ¿Y qué formas de cuidado necesitaremos construir colectivamente?
La propuesta de solución
Para abordar estas preguntas diseñamos una experiencia que combinó reflexión personal, análisis de tendencias, simulación de futuros y conversación colectiva.
La actividad central fue Salud en juego, un juego digital inspirado en la mecánica de serpientes y escaleras. A través de personajes con condiciones de vida diferentes, las personas participantes debían enfrentar acontecimientos, tomar decisiones y observar cómo sus trayectorias de salud se modificaban por circunstancias personales y estructurales.
El juego permitió introducir una dimensión fundamental para los estudios de futuros: la interacción entre agencia e incertidumbre. Podemos tomar decisiones para cuidar nuestra salud, pero sus resultados también dependen de la infraestructura disponible, las relaciones sociales, el territorio, la edad, los recursos económicos y las políticas públicas.
La simulación incorporó dilemas sobre prevención, tecnología, acceso médico, envejecimiento y decisiones al final de la vida. Cada recorrido ofrecía una oportunidad para reconocer que una misma decisión puede tener consecuencias diferentes según las condiciones de quien la toma.
El propósito fue llevar estas experiencias a una reflexión sobre el presente, identificando acciones individuales y colectivas que podríamos comenzar a practicar para construir futuros de salud más accesibles, autónomos y solidarios.
Proceso
Paso 1. ¿Qué tan sano me siento?
Comenzamos con una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué tan sano me siento el día de hoy?
En el tablero de Miro, cada participante colocó una nota sobre una escala cuyos extremos iban de «nada sano» a «totalmente sano». La intención era realizar una valoración subjetiva, tomando en cuenta las dimensiones que cada persona considerara relevantes.
Pronto surgió una pregunta que enriqueció el ejercicio: ¿debíamos evaluar exclusivamente nuestra salud física o también la mental y emocional?
La conversación permitió distinguir entre estar sano y llevar una vida saludable. Mientras que el primer concepto podía entenderse como una condición presente, el segundo remitía a los hábitos, relaciones y circunstancias que favorecen el bienestar a lo largo del tiempo.
Esta distinción también hizo visibles los límites de la responsabilidad individual. Una persona puede mantener hábitos saludables y, aun así, enfrentar enfermedades, vivir en un entorno contaminado o carecer de acceso oportuno a servicios médicos.
La escala inicial permitió reconocer nuestras diferentes maneras de interpretar la salud, así como las condiciones desde las cuales cada quien evalúa su bienestar.
Paso 2. Mi salud en 2036
Después planteamos una segunda pregunta: Con lo que sabes hasta hoy, ¿cómo piensas que será tu salud en 2036?
Volvimos a utilizar la escala de Miro, esta vez proyectándonos diez años hacia adelante. El ejercicio invitó a considerar el envejecimiento, los hábitos actuales, las expectativas personales y los cambios que podrían producirse durante la próxima década.
Al comparar las dos evaluaciones apareció un aspecto interesante: algunas personas imaginaban una mejor condición de salud en el futuro que la que reconocían en su presente.
Esto nos llevó a cuestionar por qué resulta posible imaginar mejoras a diez años, pero a veces es difícil comenzar a trabajar en ellas hoy. También permitió discutir hasta qué punto nuestras proyecciones dependen de expectativas de progreso personal y de supuestos sobre la continuidad de nuestras condiciones de vida.
La distancia temporal hizo posible pensar en cambios deseables, pero también planteó una responsabilidad inmediata. Si queremos llegar a 2036 con mayor bienestar, ¿qué condiciones necesitamos comenzar a modificar desde ahora?
Paso 3. Tres tendencias de salud
Para ampliar nuestra perspectiva revisamos tres tendencias del reporte Blackbot Trends 2026, elaborado por Blackbot. Estas tendencias se seleccionaron por su capacidad para mostrar transformaciones en distintas escalas del sistema sanitario: el tratamiento del cuerpo, la organización de los servicios médicos y el reconocimiento de derechos sobre el final de la vida.
Microdosis GLP-1. Analizamos cómo medicamentos utilizados principalmente para tratar la diabetes y la obesidad están ampliando sus posibles aplicaciones clínicas y despertando interés por sus efectos metabólicos, cognitivos y conductuales. La tendencia también mostró el surgimiento de programas de dosificación personalizada, seguimiento digital y acompañamiento continuo.
La conversación abordó la dimensión aspiracional de estos tratamientos y su relación con las expectativas de bienestar, rendimiento y control corporal. Discutimos cómo la comercialización de soluciones médicas puede transformar la percepción de lo que significa estar saludable y generar nuevas presiones de consumo.
También surgieron preguntas sobre los riesgos de la automedicación, la desigualdad en el acceso y las consecuencias de convertir intervenciones farmacológicas en prácticas cotidianas de optimización personal.
Salud doméstica. La segunda tendencia exploró el traslado de determinadas actividades médicas al hogar. Revisamos ejemplos de pruebas hormonales, dispositivos de monitoreo, kits de detección preventiva y vacunas de autoadministración que están modificando la relación entre pacientes e instituciones sanitarias.
Estos desarrollos pueden facilitar la detección temprana y reducir barreras de acceso, especialmente en territorios donde los servicios médicos son escasos o están alejados. Sin embargo, también trasladan nuevas responsabilidades a las personas, que necesitan interpretar resultados, manejar dispositivos y reconocer cuándo solicitar atención profesional.
La discusión permitió cuestionar qué significa autonomía sanitaria cuando existen diferencias importantes de conectividad, alfabetización digital y acceso a profesionales de salud.
Muerte regulada. Finalmente, revisamos los avances y debates sobre eutanasia en América Latina, particularmente en Uruguay, Colombia y México.
Esta tendencia amplió la discusión hacia la autonomía corporal, la dignidad, el sufrimiento y la responsabilidad de las instituciones médicas y del Estado. Analizamos las tensiones entre derechos individuales, convicciones religiosas, obligaciones profesionales y marcos jurídicos.
También reflexionamos sobre las diferencias entre cuidados paliativos, decisiones de retiro de tratamientos y eutanasia, así como sobre la necesidad de contar con procedimientos claros y garantías para las personas involucradas.
Consideradas en conjunto, las tres tendencias nos permitieron examinar una pregunta transversal: ¿quién tendrá la capacidad de decidir sobre nuestra salud, nuestro cuerpo y nuestros cuidados durante las próximas décadas?
Paso 4. Salud en juego
Después de revisar las tendencias pasamos a la actividad central de la sesión: Salud en juego, un juego digital diseñado para experimentar cómo diferentes decisiones y circunstancias pueden modificar nuestra salud a lo largo del tiempo.
Dividimos a las personas participantes en dos equipos. Cada uno eligió a una persona responsable de operar la plataforma y registrar las decisiones colectivas.
La primera consigna consistió en completar una pregunta: «¿Estoy sano cuando…?». Esta definición inicial permitió recuperar las distintas interpretaciones de salud que habían surgido durante la apertura.
Posteriormente, los equipos seleccionaron personajes con perfiles y condiciones de vida diferentes. Entre ellos aparecieron personas jóvenes familiarizadas con tecnologías de monitoreo y personas mayores que habitaban zonas rurales con acceso limitado a servicios médicos.
La mecánica retomó elementos del tradicional juego de serpientes y escaleras. Los equipos avanzaban mediante lanzamientos de dados y enfrentaban situaciones que exigían tomar decisiones sobre el cuidado, la prevención y el bienestar de sus personajes.
A lo largo del recorrido aparecieron dilemas relacionados con el acceso a servicios sanitarios, las voluntades anticipadas, el acompañamiento médico y las posibilidades de actuar frente a circunstancias inesperadas.
Cada equipo debía discutir las alternativas y acordar una respuesta. De esta manera, la simulación incorporó distintas perspectivas sobre el cuidado y permitió observar cómo las decisiones individuales se relacionaban con las condiciones del personaje.
Al finalizar, los equipos descargaron una imagen con los resultados de su recorrido y la incorporaron al tablero de Miro para compartir su experiencia.
Paso 5. ¿Qué aprendimos del juego?
La conversación posterior permitió identificar diferencias importantes entre los recorridos y las interpretaciones de cada equipo.
Uno de los grupos destacó la importancia de las redes familiares, el acompañamiento y la posibilidad de solicitar atención médica a tiempo. Reconoció que la prevención requiere información y capacidad de actuar, pero también recursos, servicios y personas disponibles para ayudar.
El otro equipo reflexionó sobre las desigualdades entre personajes con acceso a tecnologías de monitoreo y personas mayores que viven en territorios rurales. Esta comparación hizo visibles las barreras de conectividad, movilidad e infraestructura sanitaria que condicionan las posibilidades de recibir atención.
A partir de estos resultados, discutimos algunas contradicciones de la digitalización de la salud. Aunque las plataformas tecnológicas pueden facilitar trámites y ampliar servicios, también pueden excluir a quienes carecen de conectividad o encuentran dificultades para utilizar herramientas digitales.
Se mencionó, por ejemplo, cómo la dependencia de sistemas de citas digitales puede convertirse en una barrera para personas mayores. También surgió la importancia de contar con información médica propia y de mantener acceso a profesionales confiables.
La reflexión se amplió hacia las condiciones laborales y el estrés, reconociendo que las exigencias del trabajo pueden tener consecuencias físicas y emocionales que difícilmente se resuelven mediante recomendaciones individuales.
Uno de los principales hallazgos fue que la capacidad de cuidar nuestra salud está distribuida de manera desigual. La edad, el territorio, los ingresos, las relaciones sociales y el acceso a instituciones pueden ampliar o limitar las alternativas disponibles.
El juego también permitió reconocer que las decisiones sobre salud se toman bajo incertidumbre. Una persona puede actuar de manera preventiva y enfrentar circunstancias adversas; otra puede disponer de mejores recursos y contar con más oportunidades para recuperarse.
Desde los estudios de futuros, esta experiencia nos ayudó a cuestionar los supuestos de continuidad que utilizamos al imaginar nuestro bienestar. Proyectarnos hacia 2036 exige considerar cómo podrían cambiar las condiciones personales, sociales e institucionales que hoy damos por sentadas.
Paso 6. Reflexión colectiva
Después del juego abrimos una conversación sobre las ideas y preocupaciones que habían surgido durante la experiencia.
Una de las discusiones se concentró en la comercialización del bienestar. Hablamos sobre la proliferación de suplementos, vitaminas, rutinas de ejercicio y productos que prometen mejorar la salud, muchas veces acompañados de mensajes que generan presión por alcanzar determinados estándares físicos.
Se cuestionó la tendencia a consumir productos innecesarios y la influencia de las redes sociales en la percepción de lo que significa llevar una vida saludable. También se discutió cómo algunas recomendaciones nutricionales ignoran las condiciones económicas y culturales de las personas, al privilegiar alimentos costosos o poco accesibles frente a alternativas locales.
Esta conversación permitió recuperar el valor de la alimentación de temporada, los hábitos sostenibles y las prácticas cotidianas adaptadas a las posibilidades reales de cada persona.
Otro tema relevante fue el envejecimiento poblacional y sus implicaciones para las redes de cuidado. Se mencionó el caso de Chile, donde los cambios demográficos plantean interrogantes sobre quién acompañará a las personas mayores, especialmente a quienes viven solas.
Frente a esta preocupación surgió la idea de establecer acuerdos de apoyo mutuo entre amistades, vecinos y personas cercanas. Estos acuerdos podrían incluir acompañamiento ante emergencias, intercambio de información médica y recomendaciones de profesionales de confianza.
También discutimos cómo la salud está condicionada por factores ambientales y políticos que superan las posibilidades de acción individual. La contaminación, los microplásticos, las condiciones laborales y la exposición a determinados riesgos forman parte de un sistema de relaciones que influye directamente en el bienestar.
La conversación permitió reconocer una tensión importante: mientras las personas reciben cada vez más recomendaciones para responsabilizarse de su salud, muchas de las condiciones necesarias para mantenerse saludables dependen de decisiones institucionales, empresariales y colectivas.
Esta tensión se vuelve especialmente relevante cuando pensamos en el futuro. Los avances médicos podrían ampliar nuestras capacidades de prevención y tratamiento, pero sus beneficios dependerán de cómo se distribuyan, regulen e integren en los sistemas de cuidado.
Para cerrar la sesión regresamos al tablero de Miro y planteamos una última pregunta: ¿Cuál es el mayor aprendizaje que me llevo para el presente y futuro de mi salud?
Las respuestas recuperaron distintas dimensiones del ejercicio. Algunas personas destacaron la importancia de prestar mayor atención a las señales del cuerpo, mientras que otras reconocieron la necesidad de fortalecer sus relaciones personales, conocer sus antecedentes médicos y cuestionar las expectativas sociales asociadas al bienestar.
También apareció la necesidad de ampliar nuestra comprensión de la salud para incluir las dimensiones físicas, mentales, emocionales, sociales y ambientales.
A partir de estos aprendizajes propusimos identificar pequeñas acciones que pudieran comenzar a realizarse desde el presente:
Programar una revisión médica preventiva y conocer mejor nuestro estado de salud.
Llevar un registro personal de sensaciones físicas, emociones y hábitos cotidianos.
Conversar abiertamente con familiares y amistades sobre su salud, antecedentes médicos y necesidades de cuidado.
Fortalecer redes de apoyo para acompañarnos ante enfermedades o emergencias.
Revisar la influencia del trabajo, las relaciones personales y el entorno sobre nuestro bienestar.
Explorar alternativas de alimentación local y de temporada, considerando su accesibilidad y pertinencia cultural.
Estas propuestas mostraron que el cuidado puede abordarse desde distintas escalas. Algunas acciones requieren decisiones personales, otras necesitan cooperación y varias dependen de transformaciones institucionales que deben mantenerse dentro de la conversación pública.
Conclusión
La sesión de septiembre nos permitió reconocer una contradicción presente en nuestra relación con la salud: tenemos acceso a más información, tecnologías y recomendaciones para cuidarnos, pero también enfrentamos nuevas exigencias, desigualdades y condiciones que dificultan sostener ese cuidado.
Las tres tendencias analizadas mostraron posibles transformaciones en la manera de prevenir enfermedades, administrar tratamientos y tomar decisiones sobre el cuerpo. Al mismo tiempo, el juego permitió experimentar cómo esas posibilidades se distribuyen de manera diferente según las circunstancias de cada persona.
Una de las reflexiones más relevantes fue la necesidad de revisar nuestra idea de autonomía. Poder decidir sobre nuestra salud requiere información, recursos, tiempo, acompañamiento y acceso a instituciones confiables. Cuando estas condiciones faltan, las alternativas se reducen, incluso cuando existe disposición para cuidarse.
También reconocimos la importancia de las relaciones sociales frente al envejecimiento, la enfermedad y la incertidumbre. Las redes de apoyo, la confianza y la cooperación pueden desempeñar un papel cada vez más importante en sociedades que experimentan cambios demográficos y mayores demandas de cuidado.
Finalmente, la comparación entre nuestra salud presente y la que imaginamos para 2036 nos permitió regresar a una pregunta fundamental: ¿qué estamos haciendo hoy para acercarnos a las condiciones de bienestar que deseamos tener dentro de diez años?
La conversación dejó abierta una reflexión que involucra tanto nuestras decisiones cotidianas como las estructuras sociales que necesitamos transformar. Pensar en los futuros de la salud también implica preguntarnos qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir colectivamente para que más personas puedan vivir, envejecer y recibir cuidados en condiciones dignas.