Vistiendo futuros

agosto 31, 2026

El reto

La sesión de agosto partió de una industria atravesada por muchas tensiones difíciles de separar. La moda continúa siendo una forma de expresión, identidad, creatividad y pertenencia, pero también está vinculada con cadenas globales de producción, extracción de recursos, condiciones laborales, regulación, residuos y disputas comerciales.

Esta complejidad apareció desde la actividad de apertura. Al preguntar en una palabra qué pensábamos de la moda en este momento, surgieron respuestas como arte, expresión, personal, diversa, libre, funcional y colorida, junto con contaminante, desechable, hegemónica, elitista, saturada, superficial, copia y mecanismo de control. La moda es percibida simultáneamente como espacio de expresión personal y como un sistema que condiciona lo que usamos, cuánto dura, cuánto cuesta y quién puede participar en él.

Cuando trasladamos la pregunta hacia el futuro, el tono se volvió considerablemente más crítico. Aparecieron imágenes de una moda más cara, de menor calidad, limitada, uniforme, escasa, desechable, controlada políticamente o directamente convertida en “una pila de basura ardiendo”. También surgieron posibilidades distintas: prendas transformables, fibras naturales impresas, hiperpersonalización, inteligencia artificial, nanobots, propuestas inclusivas y multiespecie, mayor durabilidad y sistemas más sostenibles.

Este primer contraste resultó relevante para el ejercicio de futuros. Antes de presentar tendencias o escenarios, el grupo ya estaba expresando un imaginario anticipatorio predominantemente pesimista. La preguntas de la sesión comenzaron a desarrollarse: ¿qué fuerzas podrían producir esos futuros?, ¿quién ganaría o perdería capacidad de decisión?, ¿qué alternativas podrían emerger y qué podemos hacer desde el presente?

El reto consistió en ampliar la conversación sobre moda para observarla como un sistema en el que interactúan materiales, territorios, gobiernos, empresas, diseñadores, comunidades productoras y consumidores. Desde América Latina, esta lectura implica además prestar atención a las asimetrías: las mismas exigencias ambientales, comerciales o tecnológicas tienen consecuencias muy distintas para un conglomerado global, una pequeña marca, una maquila regional, una cooperativa o una persona que produce localmente.

La propuesta de solución

Para explorar los futuros de la moda propusimos jugar a vestir una muñequita, retomando aquellas muñecas recortables de los años noventa a las que se les colocaban distintas prendas de papel.

Llevamos esa lógica a una versión digital. Cada participante recibió una figura y tuvo que vestirla en tres momentos. Primero eligió una capa exterior vinculada con Moda geopolítica; después, una prenda base relacionada con Materia regenerada; y finalmente, una etiqueta o accesorio asociado con Moda bajo prueba. En cada fase podían seleccionar una de las opciones propuestas o inventar la propia.

Cada prenda representaba una posible condición futura. Al combinar las tres elecciones, la muñequita terminaba “vestida” con un escenario de moda para 2035. El sistema generaba entonces una descripción de ese futuro, algunos desplazamientos de poder y preguntas para analizar sus consecuencias.

Después, cada persona nombró su escenario, reflexionó sobre él y lo llevó al tablero colectivo. A partir de ahí, la conversación se concentró en una pregunta práctica: ¿qué podríamos hacer desde hoy para acercarnos a ese futuro o para alejarnos de él?

El juego permitió trabajar con escenarios sin comenzar desde una hoja en blanco. Vestir a la muñequita obligaba a combinar fuerzas que normalmente analizamos por separado y hacía visible que los futuros de la moda dependerán de cómo interactúen decisiones políticas, materiales, regulaciones, capacidades productivas y prácticas de consumo.

Proceso

Paso 1 – La moda hoy

Comenzamos preguntando: “En una palabra, ¿qué pienso de la moda en este momento?”

Las respuestas permitieron identificar cuatro grandes grupos de percepciones. Por una parte aparecieron palabras asociadas con creatividad e identidad: arte, artístico, expresión, personal, diversa, libre, música, colorida. Por otra, conceptos relacionados con consumo e impacto ambiental: contaminante, desechable, poco duradera, consumo, cadena. También surgieron términos asociados con poder y construcción social: hegemónica, elitista, mecanismo de control, lavado de cerebro, pose, global. Finalmente, palabras como incierta, cambiante, pasajera y saturada señalaron una percepción de aceleración e inestabilidad.

Las aparentes contradicciones resultaron particularmente productivas. Una misma industria podía ser descrita como arte y copia, libre y hegemónica, personal y uniforme. Más que buscar resolver esas tensiones, las utilizamos para reconocer que distintas experiencias de la moda conviven al mismo tiempo y que su acceso, significado e impacto dependen de posición económica, territorio, edad, género, cultura y relación con el consumo.

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Paso 2 – Nuestra primera imagen del futuro

La segunda pregunta fue: “Brevemente, ¿cómo pienso que va a ser la moda en el futuro?”

Las respuestas permitieron observar los supuestos con los que llegábamos al ejercicio. Uno de los patrones más claros fue la expectativa de encarecimiento y deterioro: “más cara”, “menos calidad”, “limitada”, “escasa”, “menos ropa” o “más desechable”.

Otro grupo anticipó mayor control y concentración: monopolios, uniformidad, restricciones políticas y barreras para acceder a determinadas prendas o materiales. También aparecieron futuros ambientales contrapuestos, desde una industria todavía menos sostenible hasta una moda obligada a incorporar fibras naturales, nuevos materiales y procesos circulares.

La dimensión tecnológica produjo algunos de los escenarios más diversos: ropa adaptable o transformable, hiperpersonalización, prendas creadas con IA, nanobots, estética cyberpunk y materiales artificiales. Junto a ellos aparecieron futuros en los que la moda conservaría o ampliaría su dimensión cultural mediante mayor inclusión, expresión artística y diversidad.

La actividad permitió establecer una línea de base: el futuro espontáneamente imaginado por el grupo tendía hacia escenarios restrictivos y distópicos. Esa percepción serviría después para evaluar si incorporar tendencias, relaciones sistémicas y capacidad de acción modificaba nuestra forma de anticipar.

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Paso 3 – Tres fuerzas que reorganizan la moda

Las tendencias con las que trabajamos provienen de Blackbot Trends 2026, el reporte anual de tendencias que elaboramos a partir de la observación y análisis de señales de cambio.

Antes de explicarlas, preguntamos a quienes habían revisado previamente el material qué habían pensado o sentido al leerlo. Las primeras reacciones mostraron que las tendencias ya estaban modificando la escala desde la cual se observaba la moda.

Los aranceles y las tensiones comerciales produjeron una lectura particularmente distópica. Una persona señaló que le molestaba pensar que decisiones políticas pudieran afectar algo que asociaba con el arte; otra imaginó incluso futuros de uniformización y control social. También apareció una preocupación muy concreta por el desperdicio textil y por la cantidad de prendas que terminan convertidas en residuos cuando dejan de estar de moda. Frente a ello, la posibilidad de trabajar con materiales degradables fue identificada como una trayectoria más esperanzadora.

Otra participante reconoció en las tendencias algo que ya comenzaba a observar en el presente: marcas que intentan comunicar con mayor detalle sus procesos productivos y las condiciones humanas que existen detrás de las prendas. La conversación abrió inmediatamente una pregunta crítica sobre cuánto de esa transparencia representa una transformación efectiva y cuánto permanece en el terreno de la comunicación.

Estas primeras reacciones permitieron conectar las tendencias con experiencias, preocupaciones y conocimientos distintos antes de entrar en su explicación.

La primera, Moda geopolítica, analiza cómo las tensiones internacionales, los aranceles, las políticas comerciales y los bloqueos económicos están interviniendo cada vez más directamente en las cadenas de suministro de la moda. Decisiones tomadas entre gobiernos pueden modificar el precio o disponibilidad de fibras, alterar rutas de producción y obligar a las empresas a diversificar proveedores y territorios. El reporte muestra, por ejemplo, cómo incluso grandes grupos como Inditex están incorporando el riesgo geopolítico dentro de sus estructuras de decisión.

La tendencia permitió discutir una consecuencia especialmente relevante: si producir globalmente se vuelve más complejo, la escala puede convertirse en una ventaja. Las grandes compañías cuentan con mayores recursos para cambiar proveedores, absorber aranceles o reorganizar operaciones, mientras que actores pequeños pueden tener muchas menos posibilidades de adaptación. Al mismo tiempo, esta fragmentación puede abrir oportunidades para mirar nuevamente hacia productores, diseñadores y circuitos locales.

Con Materia regenerada exploramos la incorporación de residuos orgánicos como insumos para nuevos materiales. El reporte reúne señales relacionadas con prendas, calzado y superficies desarrolladas a partir de residuos agrícolas, alimentarios y otros flujos que tradicionalmente habrían terminado como desperdicio. La tendencia propone reconsiderar qué entendemos por materia prima y cómo podrían conectarse sectores que hoy funcionan por separado.

La conversación se movió del residuo hacia el sistema que tendría que hacerlo aprovechable. Surgieron preguntas sobre quién puede transformar esos materiales, qué infraestructura se requiere, qué ocurre si distintas industrias comienzan a competir por los mismos residuos y si estas innovaciones pueden modificar los volúmenes centrales de producción o permanecer como colecciones excepcionales dentro de un modelo que cambia poco.

Finalmente, Moda bajo prueba aborda el crecimiento de la regulación, la trazabilidad, la reparación y la medición ambiental. Las señales muestran una industria a la que progresivamente se le exige demostrar más: de dónde provienen los materiales, cómo se produjo una prenda, qué impacto tiene, cuánto puede durar y qué ocurre con ella después de su uso. El reporte incorpora casos relacionados con regulación del fast fashion, programas de reparación y nuevos sistemas de medición de impacto.

Aquí apareció otra tensión relevante para la sesión. La transparencia puede elevar estándares ambientales y laborales, pero medir, certificar, documentar y verificar requiere recursos. Si esas exigencias aumentan sin considerar las capacidades de cada actor, pequeñas marcas, talleres y productores locales podrían enfrentar barreras que las grandes empresas tienen mayor capacidad para absorber.

Al poner las tres tendencias juntas, la moda comenzó a aparecer como un sistema atravesado por decisiones geopolíticas, disponibilidad material, regulación, territorio, infraestructura y desigualdad entre actores. Esa lectura sería la base para el siguiente ejercicio: combinar las tres fuerzas y observar qué escenarios podrían producir hacia 2035.

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Paso 4 – Vestir futuros

Con las tres tendencias como materia prima, pasamos a la actividad central de la sesión: vestir una muñequita para construir un escenario de moda hacia 2035.

La dinámica recuperó la lógica de las muñecas recortables de los años noventa. En esos juegos teníamos una figura base y distintas prendas que podíamos combinar para cambiar su apariencia. Aquí utilizamos el mismo principio, pero cada prenda representaba una condición de futuro. Al vestir a la figura también estábamos configurando el sistema de moda que podría rodearla.

La herramienta digital estaba organizada en tres capas, una por cada tendencia. Había 64 combinaciones posibles, porque cada capa ofrecía cuatro alternativas principales. Además, si ninguna opción representaba aquello que la persona quería explorar, podía escribir su propia fuerza e incorporarla al atuendo. Las contradicciones entre prendas eran deliberadas: el ejercicio buscaba observar qué ocurría cuando condiciones distintas, e incluso tensas entre sí, coexistían dentro de un mismo futuro.

La primera elección correspondía a Moda geopolítica y funcionaba como la capa exterior del atuendo. Había que elegir qué fuerza podría reorganizar la producción. Por ejemplo, una Gabardina frontera representaba un futuro de producción condicionada, donde sanciones, aranceles y alianzas políticas determinan en qué territorios se puede producir y vender. Una Chaqueta arancelaria introducía un precio político, donde una prenda puede encarecerse aunque su diseño y calidad permanezcan iguales. La Capa reversible planteaba una sostenibilidad tensionada por la necesidad de construir cadenas más resistentes, mientras que el Abrigo de bloque representaba una concentración estratégica en la que sobreviven mejor quienes tienen capital y capacidad para operar entre mercados fragmentados.

Después pasábamos a Materia regenerada, representada por la prenda base. Esta segunda decisión introducía una condición relacionada con aquello de lo que estarían hechas las prendas: cómo podrían utilizarse residuos orgánicos, qué ocurriría con su disponibilidad y qué nuevas relaciones podrían establecerse entre moda, agricultura, alimentación, diseño y territorio.

Finalmente elegíamos una pieza de Moda bajo prueba, convertida en etiqueta o accesorio. Esta capa incorporaba las condiciones de trazabilidad, medición, reparación y cumplimiento que podrían acompañar a una prenda en el futuro. De esta manera, aquello que habitualmente aparece como un pequeño elemento añadido a la ropa adquiría un papel estructural: podía determinar qué había que demostrar para producir, vender o permanecer dentro del mercado.

La interfaz permitía ver cómo la muñequita se iba vistiendo a medida que avanzábamos. Cada elección permanecía visible sobre el personaje: capa exterior + prenda base + etiqueta o accesorio. Así, al terminar las tres decisiones, cada participante había construido un atuendo particular y, simultáneamente, una combinación específica de fuerzas de cambio.

Entonces ocurría el segundo momento del juego. La herramienta traducía automáticamente aquella combinación en un escenario para 2035. El resultado explicaba qué sucedería si esas tres condiciones evolucionaran simultáneamente y mostraba tres desplazamientos de poder, uno por tendencia. También planteaba preguntas para examinar quién ganaría capacidad de decisión, quién podría quedar fuera, qué nuevos costos aparecerían y qué relaciones tendrían que modificarse.

Cada participante debía leer el escenario que le había tocado y ponerle un nombre. Así aparecieron escenarios como Cambio radical, Moda con pasaporte, Eco Frontera, EcoModa regionalizada, Dresstizante, Sentido colectivo o Los peces grandes hacen más ropa que los peces chicos. Aunque algunas personas habían elegido piezas semejantes, las distintas combinaciones generaron futuros con implicaciones diferentes.

Por ejemplo, algunos escenarios describían una moda en la que las grandes empresas concentraban todavía más poder porque eran las únicas capaces de enfrentar la fragmentación geopolítica y pagar los sistemas de verificación. Otros imaginaban estándares obligatorios de origen biológico y degradación; algunos conectaban residuos agrícolas con sistemas de producción textil; y otros planteaban prendas acompañadas permanentemente por información verificable sobre origen, reparación e impacto.

Una vez nombrados y reflexionados, los escenarios se copiaron al tablero de Miro para construir una visión colectiva de los distintos futuros que habían aparecido.

A partir de ahí comenzó una segunda parte fundamental de la dinámica. Algunas personas compartieron su escenario con el grupo y explicaron qué les provocaba, qué aspectos les parecían deseables y cuáles les preocupaban. Mientras escuchábamos, el resto escribía propuestas para responder a una pregunta concreta: ¿qué decisión actual podría acercarnos a este futuro o alejarnos de él? Esa misma pregunta cerraba la herramienta digital.

Así, la muñequita funcionó como dispositivo para pasar de las tendencias a combinaciones concretas, y de ellas a decisiones. Vestirla implicaba decidir qué condiciones políticas, materiales y regulatorias compondrían el sistema; observar el resultado permitía discutir sus consecuencias; y llevarlo al tablero obligaba a preguntarnos qué margen de acción tenemos desde el presente.

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Paso 5 – Acercarnos o alejarnos

Una vez compartidos los escenarios, pedimos a las personas participantes proponer acciones para acercarse a aquellos futuros que consideraban deseables o alejarse de los que querían evitar.

La consigna buscaba hacer explícita la agencia. Cuando aparecían respuestas generales como “el gobierno debería…” o “las empresas tendrían que…”, la conversación regresaba a una pregunta más concreta: ¿qué puedo hacer yo, desde mi posición y mis posibilidades actuales?

Las respuestas fueron desde decisiones cotidianas hasta propuestas colectivas. Se planteó comprar menos y prolongar la vida útil de las prendas; revisar fibras, pigmentos y procedencia; reparar, reconstruir, intercambiar, alquilar y comprar de segunda mano; acudir a costureras locales; evitar prendas diseñadas para durar pocas temporadas; reducir la dependencia de plataformas de moda ultrarrápida; y elegir piezas por su historia, material y utilidad antes que por su novedad.

También aparecieron acciones orientadas a fortalecer ecosistemas locales: identificar y visibilizar diseñadores y productores cercanos, generar redes de moda local, compartir costos de certificación, tecnología o distribución entre pequeños actores y crear espacios de promoción que permitan competir con estructuras de mayor escala. El tablero colectivo registró además propuestas sobre proveedores alternativos, diseño para la adaptabilidad, etiquetado verificable y participación de diversos actores en procesos regulatorios.

Una idea adquirió especial relevancia durante la discusión: valorizar los materiales. Si conocemos de qué está hecha una prenda, de dónde procede su fibra, qué procesos requiere y qué posibilidades existen para recuperarla, el criterio de compra puede incorporar variables que hoy suelen permanecer ocultas.

De ahí surgieron propuestas como pasaportes digitales que documenten origen, materiales, procesos, huella y recorrido de cada pieza, así como alianzas entre sectores para conectar residuos agrícolas con nuevas aplicaciones textiles. La discusión permitió reconocer que circularidad, trazabilidad y producción local requieren infraestructura, conocimiento y acuerdos, además de voluntad individual.

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Hallazgos principales

1. La percepción actual de la moda está atravesada por una fuerte contradicción. La sesión mostró una industria asociada simultáneamente con creatividad, autonomía y expresión, y con contaminación, homogeneización, consumo acelerado y concentración de poder. Esta tensión ayuda a explicar por qué sus futuros generan posiciones tan distintas.

2. Nuestros imaginarios iniciales sobre el futuro fueron predominantemente distópicos. Antes de trabajar con tendencias, aparecieron espontáneamente escasez, menor calidad, precios altos, basura, uniformidad y control político. El ejercicio permitió desagregar esas imágenes y preguntar qué condiciones concretas podrían producirlas.

3. La sostenibilidad también tiene consecuencias distributivas. Nuevos estándares ambientales, sistemas de trazabilidad y certificaciones pueden mejorar la industria y, al mismo tiempo, aumentar las barreras de entrada. Una transición sostenible debe considerar quién puede pagarla, quién tiene capacidad técnica para cumplirla y qué diversidad productiva podría perderse durante el proceso.

4. Lo local apareció como una estrategia de resiliencia. Frente a cadenas globales frágiles y mercados concentrados, las personas identificaron productores cercanos, redes territoriales, reparación, oficios y circuitos de menor escala como espacios desde los cuales fortalecer capacidades. La conversación evitó reducir “moda local” a una sola estética y reconoció la diversidad de diseño, producción y conocimiento existente en nuestros territorios.

5. La materialidad recuperó importancia. Conocer fibras, pigmentos, procedencia, duración y capacidad de recuperación modifica la forma de evaluar una prenda. El precio dejó de ser el único criterio discutido y comenzaron a aparecer preguntas por los costos ambientales, laborales y territoriales que permanecen fuera de la etiqueta.

6. La agencia opera en distintas escalas. Comprar, reparar o conservar una prenda son decisiones individuales; crear redes de productores, compartir infraestructura o intervenir en procesos regulatorios son acciones colectivas. Los escenarios permitieron relacionar ambas escalas y reconocer que las decisiones cotidianas forman parte de sistemas económicos y culturales más amplios.

Conclusión

Al final regresamos a una pregunta similar a la del comienzo: “¿Cambió mi percepción sobre cómo puede ser el futuro de la moda y por qué?”

Muchas respuestas indicaron que sí. Algunas personas señalaron que habían comenzado a considerar factores geopolíticos que antes parecían alejados de la moda. Otras mencionaron la importancia de conocer los procesos que existen detrás de una prenda, valorar el diseño y la producción local, comprar menos, reparar, intercambiar, utilizar segunda mano o revisar con mayor atención los materiales.

También aparecieron nuevas preguntas: ¿qué parte de lo que observamos es cíclica y qué parte representa un cambio estructural?, ¿cuánta ropa es suficiente?, ¿quién paga realmente cuando una prenda es extremadamente barata?, ¿cómo hacer que la sostenibilidad eleve estándares sin expulsar a pequeños productores?, ¿qué decisiones de nuestro clóset queremos seguir delegando a la tendencia?

Si bien, al inicio prevalecía un pesimismo, al avanzar en la sesión la imagen general de una moda “más cara”, “más contaminante” o “controlada” se convirtió en una conversación sobre cadenas de suministro, regulación, residuos, concentración económica, territorios, oficios, materiales y capacidad de decisión.

También cambió la escala desde la que observamos nuestra participación. El clóset comenzó a entenderse como un sistema de decisiones: qué compramos, cuánto usamos, qué conservamos, qué reparamos, a quién compramos y qué información exigimos sobre aquello que vestimos.

Una de las frases escritas al final sintetizó buena parte de la conversación: “El futuro de la moda también empieza en mi clóset”. De este modo, la sesión dejó abierta la decisión que cada persona puede cuestionar: ¿qué futuros de la moda estamos fortaleciendo cada vez que decidimos qué comprar, qué conservar y qué dejar de consumir?

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