El reto
Los sistemas alimentarios contemporáneos enfrentan múltiples tensiones estructurales que van más allá de preferencias personales o hábitos de consumo. Diversos informes globales muestran que una parte sustancial de los alimentos producidos nunca llega a ser consumida, de hecho, aproximadamente un tercio de los alimentos destinados al consumo humano se pierde o se desperdicia en alguna etapa de la cadena alimentaria, lo que equivale a miles de millones de toneladas al año.
Este desperdicio tiene efectos amplios y profundamente interconectados. Por un lado, agrava la inseguridad alimentaria en regiones donde el acceso a alimentos nutritivos es limitado, incluso cuando existe producción suficiente a nivel global. Por otro, contribuye de forma significativa a la crisis climática ya que las pérdidas y desperdicios alimentarios representan entre el 8 % y el 10 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, además de implicar la utilización ineficiente de recursos como agua, suelo y energía. Estas cifras plantean un problema sistémico, no solo ético ni logístico.
Además, la evidencia sobre sistemas alimentarios emergentes sugiere que solo abordar el desperdicio no es suficiente. Transformaciones profundas requieren intervenciones simultáneas en producción, distribución, acceso, patrones de consumo y políticas públicas que vinculen nutrición, recursos naturales y justicia social.
En este contexto, el reto de la sesión fue usar un objeto concreto, el platillo favorito de cada persona, para hacer tangible esa complejidad e intentar comprender cómo las tensiones del sistema alimentario influyen en los ingredientes disponibles, en las prácticas de compra y preparación, en las decisiones cotidianas de consumo y en las consecuencias sociales y ambientales del plato mismo.
Al someter un platillo querido a fuerzas sistémicas reales como la reducción de pérdidas y desperdicios, la reconfiguración de las cadenas de producción, el impacto de políticas nutricionales y la presión sobre recursos naturales, se vuelve evidente no solo lo que se protege o se optimiza, sino también la biodiversidad alimentaria, las tradiciones culturales, la solidaridad en la mesa y la equidad en el acceso a dietas saludables.
La propuesta de solución
Frente a este reto, la sesión propuso una plataforma llamada Platillos del futuro, la cual propone un cambio de escala en la conversación. En lugar de discutir el futuro de los alimentos desde cifras abstractas, políticas públicas o innovaciones tecnológicas aisladas, desplaza el análisis hacia el nivel donde esas transformaciones se vuelven cotidianas: el plato.
Los Platillos del futuro funcionan como un dispositivo de pensamiento situado. No buscan anticipar recetas “correctas” ni prescribir soluciones alimentarias universales, sino traducir tensiones sistémicas reales, tales como la reducción de desperdicio, resiliencia, nutrición personalizada, presión sobre ingredientes, cambios en cadenas de suministro, en decisiones concretas que afectan ingredientes, procesos, formas de compartir y significados culturales de la comida.
Este enfoque parte de un supuesto clave y es que las transformaciones necesarias no ocurren únicamente en el campo de la producción o la regulación, sino en la manera en que las personas se relacionan con los alimentos en su vida diaria. Cambiar cómo se cocina, se porciona, se compra o se comparte un platillo implica reconfigurar hábitos, valores y expectativas, no solo optimizar recursos.
En este sentido, el platillo se convierte en un objeto crítico. Al proyectarlo hacia el futuro, obliga a hacer explícitas decisiones que suelen permanecer invisibles: qué se mide y qué no, qué se optimiza, qué se sacrifica, qué se vuelve escaso, qué se protege, qué se estandariza y qué se pierde. El ejercicio muestra cómo las soluciones orientadas a eficiencia, control nutricional o reducción de desperdicio pueden coexistir con tensiones profundas relacionadas con el cuidado, la abundancia compartida, la memoria culinaria y el vínculo afectivo que se construye alrededor de la comida.
Así, Platillos del futuro se convierte en una herramienta de diseño especulativo aplicada a los sistemas alimentarios que nos permite explorar futuros plausibles sin deshumanizar el análisis, anclando las discusiones globales en experiencias concretas que las personas pueden reconocer, cuestionar y resignificar.
Proceso
Paso 1 – Activación inicial y relación con el presente
La sesión comenzó con una ronda de presentación orientada a situar a las personas no solo desde su identidad, sino desde su vínculo cotidiano con la comida. Cada participante respondió tres preguntas simples: quién es, de dónde viene y cuál es su comida o platillo favorito.
Las respuestas trazaron de inmediato un mapa cultural diverso: enchiladas, frijoles, quesadillas, chiles en nogada, empanadas, huauzontles, chiles rellenos, ají de gallina, mole poblano, ramen, patacón, tacos, menudo. Podríamos decir que México, Brasil, Venezuela, Perú, Colombia y Chile convivieron en la misma mesa.
Este primer ejercicio permitió reconocer algo clave para el resto de la sesión, el hecho de que los alimentos no aparecen solo como objetos de consumo, sino como portadores de memoria, territorio, tradición, pertenencia y emoción.
Paso 2 – Un marco en común
Una vez establecida esta base, se presentaron las tendencias del reporte Blackbot Trends 2026, con énfasis en aquellas vinculadas a alimentos, desperdicio, resiliencia, nutrición funcional, sistemas algorítmicos y transformación de la relación entre producción, consumo y cuidado.
Más que enumerarlas, el ejercicio buscó que las personas entendieran estas tendencias como fuerzas podrían estar o no, atravesando su cocina, su forma de comprar, de cocinar y de compartir alimentos.
Paso 3 – Describir el “platillo de hoy”
Antes de proyectar cualquier cambio, se trabajó sobre el platillo en su estado actual como ejercicio de observación crítica. El objetivo no es describir una receta, sino hacer visible el sistema cotidiano que sostiene ese platillo y que normalmente pasa inadvertido.
Para ello, el platillo del presente se descompuso en cuatro capas de preguntas:
- La primera capa se centra en los ingredientes. No solo qué lleva el platillo, sino qué tipo de ingredientes son, de dónde provienen, cuáles son centrales y cuáles accesorios, y qué tan sustituibles resultan. Esta mirada permite identificar dependencias invisibles, ingredientes naturalizados como “siempre disponibles” y otros cuya ausencia sería impensable para la identidad del platillo.
- La segunda capa abordó el proceso de preparación. Aquí el foco está en el tipo de proceso que implica: tiempos de cocción, complejidad técnica, energía requerida, planeación previa o improvisación. Al describir el proceso, aparece con más claridad si el platillo exige tiempo, conocimiento heredado, cuidado constante o si responde a lógicas más rápidas y repetibles.
- La tercera capa se concentra en cómo y dónde se consume. Esta pregunta desplaza el análisis del plato a la mesa. Si se come solo o acompañado, en ocasiones especiales o en lo cotidiano, en casa o fuera, como ritual familiar o como comida funcional. Esta dimensión permitió entender el rol social del platillo y su relación con convivencia, celebración, descanso o rutina.
- Finalmente, se incorporó la capa de los efectos colaterales. Aquí se nombran residuos, sobras, desperdicio, costos económicos, esfuerzo físico, impacto ambiental y emocional. Esta pregunta es clave para mostrar que incluso los platillos más queridos generan consecuencias que rara vez se consideran parte del acto de cocinar o comer.
En conjunto, estas preguntas construyen una línea base. El platillo deja de ser solo “lo que me gusta comer” y se vuelve un objeto sistémico, atravesado por decisiones materiales, temporales, sociales y ambientales. Este diagnóstico es fundamental porque permite que, al llevar el platillo al futuro, cualquier cambio pueda compararse con algo concreto, evitando transformaciones abstractas.
Paso 4 – Intervención de las tendencias
Después aparecieron diez tarjetas de tendencias inspiradas en las tendencias del reporte anteriormente mencionadas. Cada persona eligió hasta dos. Esta selección hizo explícita la postura de diseño. No es lo mismo empujar un platillo hacia control metabólico y cero desperdicio, que hacia rescate de tradición y acceso, o hacia remix cultural y nuevos ingredientes.
Paso 5 – Diseñar el platillo del futuro
Con las tendencias elegidas, cada participante rediseñó su platillo proyectándolo hacia el futuro a partir de las mismas capas analizadas en el presente. A esta proyección se sumaron tres preguntas decisivas: qué gana el platillo con el cambio, qué pierde o qué tensión aparece, y si ese futuro resulta deseable o habitable desde la experiencia personal.
El mole del futuro se convirtió en un caso especialmente revelador. Al tratarse de una preparación compleja, profundamente ligada a conocimiento ancestral, tiempo prolongado y transmisión intergeneracional, cualquier intervención futura hizo visibles tensiones que vale la pena destacar.
En el ingrediente futuro, el mole se aligera sin perder su identidad. La incorporación de caldo de verduras y bicarbonato no busca simplificar la receta, sino cuidar a quien lo cocina y a quien lo consume, reduciendo cargas físicas sin alterar el carácter profundo del platillo. El cambio está en la relación entre esfuerzo, cuerpo y alimento.
El proceso futuro desplaza la cocina del ámbito individual al ámbito relacional. El mole deja de ser una tarea solitaria y pesada para convertirse en una práctica compartida en red. Productores y cocineros se organizan de forma local, con ingredientes obtenidos de manera responsable con el medio ambiente. Cocinar mole vuelve a ser un acto comunitario que distribuye el trabajo, evita el desgaste y sostiene el conocimiento colectivo. La receta se respeta, no como fórmula rígida, sino como acuerdo cultural que garantiza continuidad.
En el consumo futuro, el mole deja de estar disponible en cualquier momento y lugar. Se restringe la producción masiva y ultraprocesada, y el consumo se ritualiza. Comer mole vuelve a requerir contexto, tiempo y disposición. Esta decisión introduce una forma de cuidado distinta: menos acceso inmediato, más atención al momento de consumo.
El efecto futuro de este reordenamiento es claro. El mole deja de estandarizarse. Ya no se adapta a los ritmos del mercado ni a la lógica de disponibilidad constante. Se protege el sentido del platillo, su peso simbólico y su lugar dentro de la vida social.
Desde la ganancia sistémica, el mole se consolida como un ícono cultural que se valora tanto en México como fuera de él. No por su reproducción infinita, sino por el respeto que genera su forma de hacerse y compartirse.
La tensión o pérdida aparece con la misma claridad. Al salir de la lógica de lo inmediato, el mole pierde parte de su carácter popular y cotidiano. Ya no es algo que se pueda consumir en cualquier momento, ni en cualquier lugar. Se vuelve más situado, más específico, menos espontáneo.
Esta ambivalencia se expresa con fuerza en el vínculo emocional. El platillo genera respeto y cuidado, pero también tristeza por la posible pérdida de lo familiar. El mole del futuro cuida el cuerpo, la red y la tradición, pero tensiona el espacio doméstico donde históricamente se transmitía como herencia.
Este caso permitió comprender que el futuro no necesariamente se juega en la innovación técnica, sino en qué tipo de relaciones se priorizan: entre personas, entre generaciones, entre comida y tiempo, aspectos que muchas veces se dejan pasar por alto en la exploración de los futuros de los alimentos.
En paralelo, otros platillos abrieron tensiones distintas. En algunos casos hubo entusiasmo por ampliar acceso, abaratar insumos o facilitar preparación. En otros apareció inquietud ante la posible desaparición de ingredientes, o una defensa activa de preparaciones ancestrales, sobre todo alrededor del mole, no solo como receta, sino como continuidad cultural y técnica.
Paso 6 – Reflexión colectiva
Al presentar los platillos, la conversación se desplazó hacia lo emocional. Varias personas expresaron incomodidad ante futuros donde los ingredientes desaparecen o se sustituyen. Otras hablaron de nostalgia por las ollas grandes, las recetas heredadas y la improvisación al cocinar. También surgió una defensa explícita de preparaciones ancestrales o platillos típicos.
Este momento reveló que hablar del los posibles futuros de los alimentos, activa duelo, orgullo, resistencia y deseo. La comida aparece como uno de los últimos espacios donde el cuidado, el tiempo compartido y la identidad siguen siendo centrales.
Paso 7 – Microacciones en el presente
La sesión cerró con una pregunta directa: ¿qué podríamos hacer hoy para cuidar y disfrutar más de los alimentos? Las respuestas se tradujeron en microacciones concretas, muchas de ellas repetidas desde distintos lugares:
- Comprar más en mercados locales y menos en supermercados.
- Planificar mejor para evitar desperdicio.
- Reducir productos industrializados.
- Cocinar más lento.
- Compartir recetas para que no se pierdan.
- Honrar tradiciones y a quienes las transmitieron.
- Experimentar sin miedo con ingredientes.
- Consumir de temporada.
- Cocinar y comer con otras personas.
- Democratizar la cocina tradicional.
- Defender preparaciones locales frente a versiones simplificadas o descontextualizadas.
- Conectar el acto de comer con el cuidado del cuerpo y del vínculo.
Estas acciones, aunque pequeñas, mostraron un patrón: el deseo de recuperar agencia frente a sistemas alimentarios cada vez más acelerados, optimizados y desconectados de la experiencia humana.
Conclusión
La sesión de enero confirmó que pensar el futuro de los alimentos no necesariamente consiste en imaginar recetas exóticas o tecnologías lejanas, sino en hacer visibles las decisiones que ya están moldeando nuestra relación con la comida. Al intervenir platillos cotidianos desde tendencias sistémicas, los participantes pudieron reconocer ganancias evidentes, menos desperdicio, más eficiencia, mayor acceso, pero también tensiones profundas: pérdida de abundancia compartida, reducción del tiempo de cuidado, administración de la comida como si fuera un sistema logístico.
Como en cada sesión, más que respuestas cerradas, buscamos reflexionar y hacernos nuevas preguntas, de hecho, hay una que queda sobre el tintero: ¿cómo cuidar los alimentos sin perder aquello que los vuelve significativos? Y, sobre todo, ¿cómo empezar a hacerlo desde hoy, en la cocina cotidiana, antes de que otras lógicas decidan por nosotros?
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