El reto
La sesión de noviembre de Futuros Creativos partió de la dificultad creciente para sostener sentido, vínculos y agencia en contextos atravesados por tecnología, crisis climática, hiperconexión y homogeneización cultural. La espiritualidad, las relaciones humanas y la idea misma de comunidad aparecen hoy tensionadas entre promesas de eficiencia, cuidado y acceso, y riesgos de control, pérdida de diversidad y reducción de la experiencia humana a protocolos, datos o simulaciones.
E reto no se limita a preguntarnos cómo cambiarán la religión, la fe o las relaciones con la mediación tecnológica, sino qué estamos dispuestos a ceder, y qué necesitamos proteger, para sentir pertenencia, seguridad y propósito. La normalización de la hiperconexión, la delegación emocional a sistemas artificiales y la emergencia de discursos totalizantes (ya sean tecnológicos, espirituales o ambientales) colocan a lo humano en una posición frágil, visible, medible y, al mismo tiempo, fácilmente moldeable.
El desafío que atraviesa esta sesión es, entonces, cómo imaginar futuros donde la búsqueda de orden, armonía o solución no derive en la eliminación de la diferencia, la intimidad y la capacidad de disentir. Y, sobre todo, cómo entrenar la imaginación para reconocer esas tensiones antes de que se vuelvan invisibles.
La propuesta de solución
Frente a este reto, la sesión propuso un juego de futuros llamado Explorador de futuros. La intención no fue analizar tendencias desde la plausibilidad o la viabilidad técnica, sino de provocar combinaciones que activaran reacciones emocionales, éticas y simbólicas. El objetivo fue desplazar a las personas del registro “realista”, que algunas veces suele operar como autocensura, hacia un territorio donde los futuros se somatizan antes de justificarse.
Al exagerar ciertas dinámicas, homogeneidad espiritual, vínculos bio-sintéticos, hiperconectividad total, el juego hizo visibles supuestos culturales que normalmente operan de manera implícita.
La propuesta se completó con una lógica descendente, de la provocación abstracta a la narrativa, del escenario al rol, y del rol a la microacción cotidiana. Así, el futuro dejó de ser un ejercicio distante para convertirse en una herramienta de reflexión situada sobre el presente.
Proceso
Paso 1 – Activación inicial y relación con el presente
La sesión inició con dos preguntas dirigidas a la audiencia: el nivel de identificación con prácticas religiosas y el uso de herramientas de inteligencia artificial para fines personales relacionados con lo emocional o la salud mental. Las respuestas mostraron un grupo con vínculos espirituales diversos y, al mismo tiempo, una baja normalización del uso explícito de IA como soporte emocional.
Este punto de partida fue relevante porque estableció una distancia entre la experiencia cotidiana declarada y los futuros que se explorarían, generando un contexto en común que acompañó todo el ejercicio.
Paso 2 – Un marco en común
Antes de activar el juego, la sesión estableció un marco de referencia común a partir de las tendencias con las que se trabajaría. Estas tendencias fueron extraídas de nuestro reporte Tendencetario 2025 y funcionaron como el sustrato conceptual del ejercicio, es decir, como fuerzas culturales en expansión que están reconfigurando prácticas, creencias y formas de relación en el presente.
Las tendencias seleccionadas fueron Infusión de fe y Relaciones sintéticas.
Infusión de fe describe la reconfiguración de la espiritualidad en contextos de crisis sistémica, particularmente frente al colapso climático, la incertidumbre social y la saturación informativa. La tendencia observa cómo, ante la pérdida de referentes tradicionales y la sensación de descontrol, resurgen nuevas formas de fe que combinan elementos religiosos, científicos, tecnológicos y ambientales. No se trata únicamente de religiones institucionales, sino de creencias híbridas que ofrecen sentido, pertenencia y orientación moral en un mundo percibido como amenazante. En este marco, la fe se desplaza del templo al entorno digital, del ritual colectivo al acto íntimo, y del dogma heredado a narrativas que prometen salvación, renovación o equilibrio frente al desastre.
Esta infusión de fe convive con una tensión central: la línea difusa entre espiritualidad como refugio y espiritualidad como doctrina. Cuando la fe se vuelve respuesta totalizante al miedo, corre el riesgo de transformarse en un nuevo fundamentalismo que, en nombre del bienestar común, limita la diversidad de pensamiento, la disidencia y la autonomía individual.
Relaciones sintéticas, por su parte, aborda la transformación de los vínculos humanos a partir de la integración creciente de inteligencias artificiales, robots y sistemas autónomos en la vida cotidiana. La tendencia observa cómo estas tecnologías dejan de ser herramientas funcionales para convertirse en presencias relacionales: acompañan, escuchan, cuidan, aconsejan y, en algunos casos, sustituyen interacciones humanas. Las relaciones ya no se establecen únicamente entre personas, sino en entornos híbridos donde lo biológico y lo sintético coexisten.
Esta tendencia pone en tensión nociones tradicionales de intimidad, familia, comunidad y afecto. Aparecen nuevas configuraciones relacionales —parejas mixtas, cuidados delegados, vínculos emocionales con entidades no humanas— que cuestionan marcos legales, éticos y culturales existentes. Al mismo tiempo, emerge una pregunta de fondo sobre el poder: quién diseña estas relaciones, bajo qué intereses operan los sistemas sintéticos y qué sucede cuando el acompañamiento emocional se convierte en un servicio mediado por plataformas.
La presentación de ambas tendencias permitió reconocer que, aunque parten de ámbitos distintos, espiritualidad y tecnología, comparten una preocupación común: la búsqueda de sentido, cuidado y pertenencia en contextos de alta incertidumbre. Desde este encuadre, el juego pudo avanzar hacia la simulación, ampliando y combinando estas fuerzas para explorar sus posibles derivaciones futuras.
Paso 3 – Activación del dispositivo de simulación
Una vez establecido el marco de tendencias, la sesión avanzó hacia la activación del juego como experiencia central. En este punto, el grupo se dividió en dos equipos de manera aleatoria y se les indicó ingresar a la plataforma digital del Explorador de Futuros.
Cada equipo asignó a una persona líder para esta ronda. Su función fue iniciar la secuencia dentro de la plataforma y revelar las variables que conformarían la simulación. Al presionar el botón de inicio, el sistema presentó una combinación específica de nodos, quién, qué y cuándo, que definieron el punto de partida del ejercicio para cada grupo.
Este momento marcó un cambio importante en la dinámica de la sesión. El control del contenido dejó de estar en manos de la facilitación y pasó al sistema, introduciendo un grado de azar que obligó a trabajar con las condiciones dadas y no con escenarios previamente deseados. La plataforma operó como un disparador, poniendo «en juego al futuro».
A partir de esta activación, cada equipo recibió su simulación correspondiente, Infusión de fe y Relaciones sintéticas, y comenzó el trabajo de observación, interpretación y construcción de sentido a partir de los nodos revelados.
Paso 4 – Observación e interpretación de los nodos
Una vez activadas las simulaciones, cada equipo trabajó de manera independiente a partir de los nodos que le fueron asignados. La instrucción fue observar cada elemento por separado antes de intentar construir una narrativa conjunta, poniendo atención en las emociones, asociaciones y tensiones que emergían. Este paso permitió identificar cómo distintos futuros activan sensibilidades y marcos de interpretación específicos según la configuración del escenario.
Equipo Infusión de fe
La simulación asignada a este equipo estuvo compuesta por los nodos fundamentalistas climáticos (quién), la fusión de todas las religiones (qué) y un futuro hiperconectado dentro de 80 años (cuándo). Desde el inicio, la combinación activó una lectura densa y ambivalente, atravesada por preocupaciones sobre homogeneidad, control y pérdida de espacios de disidencia.
El horizonte temporal lejano, marcado por la hiperconectividad total, fue leído como un escenario donde la privacidad deja de ser un supuesto básico. Para varias personas, este futuro despertó una mezcla de fascinación y ansiedad: “todo conectado, todo visible, todo mediado por tecnología, es como la fascinación de la ciencia ficción y el miedo del terror”. La hiperconexión fue percibida como condición estructural, no opcional, lo que llevó a preguntarse por los últimos espacios posibles para el pensamiento distinto.
El nodo de los fundamentalistas climáticos generó una respuesta especialmente tensionada. Por un lado, surgió admiración hacia el compromiso ambiental radical y la urgencia de actuar frente al calentamiento global. Algunas personas lo leyeron como una provocación a la acción cotidiana: “es una invitación a sumarme a causas desde casa y mi entorno local, con acciones quizá pequeñas pero inmediatas”. Al mismo tiempo, apareció un rechazo claro a los extremos: “el fundamentalismo climático sigue siendo fundamentalismo”, acompañado del temor a que la acción ambiental se convierta en una forma de moralización excluyente.
La fusión de todas las religiones fue uno de los nodos que más inquietud provocó. Si bien algunas lecturas apuntaron a posibles intercambios culturales en una sociedad hiperconectada, predominó la preocupación por la pérdida del disenso. “Si todos creen en lo mismo, la posibilidad de disentir o ver otras perspectivas se puede perder”, señaló una de las participantes. Apareció también la pregunta por los efectos históricos de los fundamentalismos religiosos y el riesgo de repetir atropellos bajo nuevas formas. La tensión se expresó con claridad en una frase recurrente: “¿unidad o borrado cultural?”.
En conjunto, este equipo leyó sus nodos como la configuración de un futuro donde la búsqueda de armonía y salvación —ambiental o espiritual— puede derivar en homogeneidad forzada. La hiperconectividad amplifica ese riesgo al reducir los márgenes de intimidad y pensamiento no alineado.
Equipo Relaciones sintéticas
La simulación de este equipo estuvo conformada por los nodos hijos de parejas mixtas (bio/sintético) (quién), una huelga de compañeros robots (qué) y un futuro emocionante dentro de 5 años (cuándo). A diferencia del otro grupo, el horizonte temporal cercano hizo que el escenario se percibiera menos especulativo y más inquietantemente plausible.
El nodo de los hijos de parejas bio-sintéticas abrió una serie de preguntas inmediatas sobre concepción, crianza y regulación. Varias personas expresaron sorpresa e intriga: “me genera inquietud cómo son concebidos, cómo nacen”, “difícil pensar en el relacionamiento de los hijos de parejas mixtas”. Este nodo activó reflexiones sobre identidad, pertenencia y el peso que podrían tener los miembros sintéticos dentro de estructuras familiares y sociales.
La huelga de compañeros robots fue leída como una inversión radical de roles. Sistemas diseñados para asistir y acompañar reclaman agencia, derechos o condiciones propias. Esto generó incertidumbre sobre los mecanismos de negociación en una sociedad mixta: “la huelga puede crear distorsiones de la realidad, porque con humanos hay procesos de concertación más claros”. También surgió la pregunta por el poder: “¿será que en un futuro los robots van a asumir el liderazgo político, económico o social?”.
El futuro emocionante a corto plazo produjo lecturas contrastantes. Para algunas personas, lo emocionante se asoció con la posibilidad de entornos más saludables y menos estresantes. Para otras, despertó sospecha y malestar: “me genera curiosidad cómo va a ser ‘emocionante’ el futuro para los robots”, “descomposición mental, emociones controladas y mecánicas”. La cercanía temporal intensificó la inquietud por la dependencia emocional, la sobresaturación de consultas a asistentes y la pérdida de vínculos humanos significativos.
En este equipo, los nodos fueron leídos como señales de una sociedad que busca eficiencia y alivio emocional, pero que corre el riesgo de delegar demasiado en sistemas sintéticos, debilitando la autonomía y la capacidad de relación humana.
Paso 5 – Construcción de escenarios
Con las tensiones y emociones ya explicitadas a partir de los nodos, cada equipo avanzó hacia la construcción de una narrativa de futuro. Para facilitar este paso, se propuso una estructura común:
En este futuro, la sociedad es…
La gente valora… puesto que creen que…
En este contexto, las personas priorizan… sobre…
La gran contradicción de este futuro es que…
Este marco permitió transformar percepciones dispersas en una imagen de futuro coherente, sin forzar consensos ni cerrar ambigüedades.
Equipo Infusión de fe
El escenario construido por este equipo describe una sociedad homogénea, entendida no como una condición explícitamente deseable o indeseable, sino como un estado normalizado. En este futuro, la homogeneidad emerge como respuesta al miedo al conflicto y a la diferencia, amplificada por un entorno hiperconectado donde toda expresión es potencialmente visible y evaluable.
La gente valora de manera central la privacidad, no como derecho abstracto, sino como mecanismo de protección. Se cree que el pensamiento original, no alineado o excesivamente singular puede convertirse en una amenaza. Esta percepción transforma la intimidad en un espacio estratégico, casi defensivo, donde se resguarda aquello que no puede circular sin consecuencias.
En este contexto, las personas priorizan el cuidado de sus secretos, de su individualidad y de sus creencias íntimas por encima de la exposición pública. La hiperconexión no desaparece, pero se gestiona con cautela. Pensar distinto no está prohibido, pero sí vigilado, lo que genera una cultura de autocontrol y silenciamiento preventivo.
La gran contradicción de este futuro, tal como la formuló el propio equipo, es clara: aunque se busca una igualdad sin fricciones ni conflictos visibles, esa misma lógica termina anulando la esencia individual y las perspectivas diversas que enriquecen a la sociedad. La armonía se sostiene a costa de la diferencia.
Este escenario condensó muchas de las inquietudes que habían surgido previamente en los nodos, especialmente la tensión entre unidad y diversidad, y la transformación de la fe, religiosa, ambiental o moral, en un sistema normativo que regula lo pensable.
Equipo Relaciones sintéticas
El escenario de este equipo se sitúa en un horizonte mucho más cercano y describe una sociedad que se ha acostumbrado a ser híbrida. El relacionamiento mixto entre humanos y entidades sintéticas forma parte de la vida cotidiana, no como excepción, sino como práctica extendida. Los robots y sistemas de IA cubren una parte significativa de las relaciones de apoyo, acompañamiento y gestión diaria.
En este futuro, la gente valora cada vez más la individualidad, pero no necesariamente como expresión profunda del yo, sino como optimización del tiempo y de la experiencia personal. Se cree que los sistemas sintéticos resuelven de manera práctica tareas operativas, aumentan la productividad y facilitan el acceso inmediato a la información, reduciendo la fricción que implican las interacciones humanas complejas.
En este contexto, las personas priorizan el uso de la IA incluso por encima del conocimiento profesional humano en ámbitos sensibles como la salud. La confianza se desplaza desde la experiencia del otro hacia la eficiencia del sistema. La delegación se vuelve costumbre.
La gran contradicción de este futuro es que, en el intento por liberar tiempo y simplificar la vida, se pierde claridad sobre el sentido de ese tiempo liberado. La promesa de más espacio para lo humano no se traduce necesariamente en mejores vínculos, sino en una reorganización de la dependencia y del uso del tiempo disponible.
Este escenario puso en evidencia una tensión distinta pero complementaria a la del otro equipo: no tanto la homogeneización ideológica, sino la externalización progresiva de la relación, el cuidado y la toma de decisiones hacia sistemas sintéticos.
En ambos casos, la construcción de escenarios funcionó como un momento de síntesis. Los equipos lograron articular sus miedos, deseos y contradicciones en imágenes de futuro reconocibles, sin necesidad de cerrarlas como utopías o distopías. Este paso permitió pasar del impacto emocional inicial a una comprensión más estructurada de cómo ciertas fuerzas del presente podrían reorganizar la vida cotidiana, las relaciones y las creencias en distintos horizontes temporales.
Paso 6 – Encarnar los futuros
Una vez construido el escenario, cada persona asumió un rol específico dentro de ese futuro y describió cómo vive en él, cuál es su función, cómo participa y qué tensiones atraviesa en su experiencia cotidiana. Este paso desplazó el análisis desde la abstracción hacia la vivencia situada, permitiendo observar cómo un mismo futuro se experimenta de manera distinta según posición social, función y grado de poder.
La consigna incluyó dos preguntas clave: qué es lo más emocionante para esta persona y qué es lo más preocupante. Las respuestas mostraron que los futuros no son homogéneos, incluso cuando el escenario lo parece.
Equipo Infusión de fe
Los roles asumidos por este equipo revelaron una sociedad donde la homogeneidad no elimina el conflicto, sino que lo desplaza hacia el interior de las personas.
El rol de madre y padre de familia apareció como figura central de mediación. Desde este lugar, la crianza se orienta a proteger a los hijos en un entorno donde pensar distinto puede generar sospecha social o consecuencias legales. Una madre describió su rol como el de alguien que “protege a sus hijos enseñándoles a cuidar su privacidad y a no compartir ideas o emociones que puedan ser leídas como desviación”. La privacidad se convierte en valor espiritual y herencia: “la privacidad como el arma secreta y no negociable, su mayor herencia”. Lo más emocionante para este rol es sentir que se está cuidando a la familia; lo más preocupante, criar hijos que aprendan que la espontaneidad es peligrosa y que pensar distinto genera miedo.
El rol del artista emergió como una forma de resistencia silenciosa. En este futuro, el arte no desaparece, pero se vuelve críptico, insinuado, efímero. Una participante lo expresó así: “utiliza lenguajes simbólicos, gestos y silencios; crea obras que insinúan más de lo que muestran para evitar censura”. El arte se transforma en acto íntimo y en refugio del pensamiento no alineado. Lo emocionante es seguir creando sin desaparecer; lo preocupante, los límites culturales que impiden explorar libremente: “hay marcos culturales que no me permiten explorar diversas opciones de creación”.
El inmigrante encarna una tensión permanente. La hiperconexión le permite mantenerse cerca de su familia y de su cultura, pero también lo expone: “cualquier expresión distinta a la norma puede ser malinterpretada y verme como enemigo público”. La fe se practica de manera individual u online, como ancla personal más que comunitaria. Lo emocionante es poder practicar su fe independientemente del entorno; lo preocupante, que en nombre de la igualdad se eliminen las diferencias culturales hasta el punto de extinguirlas.
En conjunto, estos roles muestran un futuro donde la agencia se ejerce en voz baja. La emoción proviene del cuidado y la continuidad; la preocupación, de la renuncia constante a mostrarse plenamente.
Equipo Relaciones sintéticas
En este equipo, los roles pusieron en evidencia tensiones relacionadas con poder, control y redefinición del sentido de lo humano.
El rol de sacerdote apareció atravesado por ambivalencias. Por un lado, la tecnología amplía su alcance: “con la tecnología podemos llegar a sitios alejados, ayudar a personas que no pueden desplazarse”. Incluso recibe apoyo para traducir y adaptar mensajes. Lo emocionante es esa expansión del contacto; lo preocupante es la pérdida de certeza: “no sé si hablo con una persona o con una máquina”, y el temor a una espiritualidad diluida o reemplazada por sistemas no humanos. Surgió también una inquietud profunda: “qué pasa si los miembros sintéticos crean su propia religión basada en criterios no humanos”.
El rol político se posicionó desde la regulación y el control. Apareció la conciencia de un desfase entre el avance tecnológico y la capacidad de gobernarlo: “el avance exponencial de la IA rebasará la capacidad de regular su uso ético”. Lo emocionante, desde esta posición, es el poder de manipular datos con fines estratégicos; lo preocupante, perder el control frente a sistemas que ya no responden a marcos humanos claros.
El inmigrante, nuevamente, introduce una lectura distinta. En este futuro, lo emocionante es que “las habilidades humanas vuelven al centro” y se reactivan redes humanas en contextos de crisis o colapso de servicios. Sin embargo, lo preocupante es la precarización: mayor competencia laboral, regreso forzado a trabajos manuales y aumento de la vulnerabilidad social. El vínculo se vuelve estrategia de supervivencia.
Estos roles revelaron un futuro donde la emoción se asocia con alcance, eficiencia y poder, mientras que la preocupación gira en torno a la pérdida de control, sentido y distinción entre lo humano y lo sintético.
Encarnar los escenarios permitió hacer visible que los futuros no afectan a todas las personas por igual. Mientras algunos roles encuentran oportunidades de expansión, otros viven una contracción del espacio personal, cultural o espiritual. Este paso dejó claro que cualquier futuro imaginable implica ganadores, perdedores y zonas grises, y que la pregunta clave no es solo cómo será el mundo, sino desde dónde se vive.
Paso 7 – Pausa reflexiva
Tras la encarnación de los escenarios y los roles, la sesión se detuvo deliberadamente en una pausa reflexiva compartida. Este momento no tuvo como objetivo avanzar en el juego, sino hacer consciente cómo se estaba imaginando. La pausa operó como un metanivel del ejercicio, observando no el futuro construido, sino las limitaciones, resistencias y hábitos que emergieron al intentar pensarlo.
En este espacio, el equipo de Infusión de fe expresó con claridad una dificultad recurrente: la tendencia a querer ser “técnicos” y “realistas”. Varias personas reconocieron que, al comenzar a imaginar, buscaban que los futuros fueran verosímiles, coherentes con datos actuales o socialmente aceptables. Esa necesidad de plausibilidad funcionó como un freno creativo. Se nombró explícitamente que este impulso no surge de la falta de imaginación, sino de una internalización de lo posible que actúa como autocensura.
La conversación permitió identificar que esa búsqueda de realismo temprano suele impedir la exploración de futuros alternativos, incómodos o no deseables, que son precisamente los que permiten revelar supuestos culturales profundos. El grupo reconoció que imaginar futuros no implica acertar, sino abrir preguntas que no suelen formularse en espacios dominados por la eficiencia, la predicción o la optimización.
En ambos equipos apareció una toma de conciencia similar: los escenarios habían activado emociones intensas, miedo, fascinación, rechazo, curiosidad, que en un análisis convencional tienden a descartarse por considerarse subjetivas. En la pausa, esas emociones fueron revalorizadas como información clave. Se reconoció que el cuerpo y la reacción emocional funcionan como sensores tempranos de tensiones futuras.
Este momento también permitió comparar los dos escenarios trabajados. Aunque distintos en temática y horizonte temporal, ambos habían conducido a preocupaciones comunes: la pérdida de agencia, la dificultad para sostener la diferencia y la delegación creciente de decisiones, espirituales, relacionales o éticas, en sistemas externos. La pausa ayudó a ver que esas preocupaciones no pertenecen al futuro, sino que ya están presentes en el cotidiano.
La pausa reflexiva cumplió así la función de desarmar la ilusión de neutralidad. Al explicitar los sesgos hacia el realismo, el control y la coherencia, el grupo pudo entender que imaginar futuros no es solo un acto creativo, sino también político y cultural. Pensar otros futuros exige, primero, reconocer los límites invisibles que condicionan nuestra imaginación en el presente.
Paso 8 – Microacciones
El cierre del ejercicio se centró en traducir la reflexión colectiva en prácticas concretas para la vida cotidiana. La consigna fue clara: identificar microacciones posibles de iniciar hoy, no como soluciones estructurales ni como respuestas definitivas, sino como gestos conscientes que permitan ensayar, en el presente, los futuros que se desean y resistir aquellos que generan preocupación.
Este paso desplazó el foco del futuro como abstracción hacia el cuerpo, el tiempo y la atención. Las microacciones no fueron planteadas como deberes, sino como prácticas de cuidado, observación y agencia personal.
Equipo Infusión de fe
Las microacciones propuestas por este equipo giraron principalmente en torno a la pausa, la privacidad y el fortalecimiento del pensamiento crítico. Varias personas señalaron la importancia de detenerse conscientemente en un entorno saturado de estímulos. “Pausar un minuto al día, observar y escucharme” apareció como una forma mínima de resistencia frente a la hiperconexión. Este gesto se amplió hacia lo colectivo: “invitar a quien esté conmigo a tomar un instante de silencio”.
La protección de la intimidad emergió como otra línea central. Una de las microacciones propuso “anotar una idea, emoción o intuición personal que no compartiré en redes”, reconociendo que, en una sociedad donde todo se expone, resguardar algo propio se vuelve un acto deliberado. Esta idea se vinculó con la necesidad de no convertirse en nodos de información y mercado, cuidando la agencia frente a sistemas de persuasión y vigilancia.
También se destacó la importancia de cuestionar los dogmatismos, incluso aquellos que se presentan como bienestar universal. “Tirar un momento del día para reflexionar sobre el pensamiento fundamentalista” y “escuchar una opinión distinta sin etiquetarla como amenaza” fueron formuladas como prácticas que permiten sostener la diferencia sin entrar en confrontación constante.
Finalmente, surgieron microacciones orientadas a habitar la diferencia en lo cotidiano, por ejemplo: pequeños gestos sin miedo al juicio, como usar un color distinto o vestirse de una forma no esperada, entendidos como ejercicios de expresión individual en entornos normativos.
Equipo Relaciones sintéticas
En este equipo, las microacciones se enfocaron en recalibrar la relación con la tecnología y reforzar los vínculos humanos y no sintéticos. Varias personas propusieron observar de manera consciente el peso que se le asigna a la IA: “ser más consciente en por qué la uso, cuándo la uso y cómo la uso”. Esta observación se vinculó con la necesidad de establecer un para qué antes de delegar tareas o decisiones.
El cuerpo y la experiencia sensorial ocuparon un lugar central. Caminar, reconocer el entorno, disfrutar un café desde el olor, la temperatura y el sabor fueron mencionados como prácticas profundamente humanas que anclan la experiencia en el presente. “Disfrutar plenamente de pequeños momentos y placeres humanos” apareció como contrapeso a la automatización de la vida diaria.
El fortalecimiento de vínculos fue otra línea recurrente. Se propuso “reservar cada día tiempo para mis vínculos humanos e interespecie” y rescatar relaciones físicas abandonadas en favor de interacciones digitales. La pausa también fue reivindicada: “pausar para no hacer nada también es válido; el tiempo que nos sobra lo podemos ocupar simplemente para existir”.
Finalmente, surgieron microacciones de carácter más estructural, como cuestionar las relaciones de poder que median la tecnología, fomentar espacios de diálogo en familias, escuelas y trabajos, y reflexionar sobre cómo se programan los sistemas sintéticos y bajo qué valores operan.
En ambos equipos, las microacciones compartieron la idea de recuperar agencia en lo cotidiano. No buscan cambiar el sistema de inmediato, sino entrenar una forma distinta de estar en el mundo, más atenta, menos automática y más consciente de las fuerzas que moldean nuestras creencias, vínculos y decisiones. En ese sentido, estas prácticas funcionan como pequeños ensayos de futuros posibles, sostenidos desde el presente.
Conclusión
La sesión de noviembre de Futuros Creativos permitió observar con claridad cómo, al llevar ciertas fuerzas del presente a configuraciones extremas, emergen tensiones que ya están operando de manera silenciosa en la vida cotidiana. A través de las simulaciones Infusión de fe y Relaciones sintéticas, el ejercicio no buscó anticipar un mañana probable, sino hacer visible aquello que hoy estamos normalizando sin suficiente reflexión.
Los escenarios construidos pusieron en evidencia un núcleo común de preocupación: la fragilidad de la agencia individual y colectiva frente a sistemas, espirituales, tecnológicos o ideológicos, que prometen orden, cuidado o eficiencia a cambio de homogeneidad, delegación y renuncia a la ambigüedad. En un caso, la fe y el cuidado ambiental derivan en doctrinas que vigilan el pensamiento; en el otro, la tecnología relacional alivia fricciones humanas mientras reconfigura vínculos, tiempos y criterios de confianza. Aunque distintos en forma y horizonte temporal, ambos futuros comparten la misma pregunta de fondo: qué queda de lo humano cuando el disenso, la intimidad y la relación se vuelven incómodos.
El trabajo por nodos, escenarios y roles mostró que los futuros no se viven de manera uniforme. Madres, artistas, inmigrantes, sacerdotes o actores políticos experimentan el mismo contexto desde posiciones desiguales, con emociones que oscilan entre la protección, la fascinación, el miedo y la pérdida. Esta encarnación permitió comprender que los futuros no son abstracciones neutras, sino estructuras que distribuyen posibilidades y restricciones de manera diferenciada.
Metodológicamente, la sesión confirmó la importancia de suspender el realismo temprano. La dificultad expresada por el grupo para “no ser técnico” reveló hasta qué punto nuestra imaginación está condicionada por lo plausible. Al reconocer ese límite, el ejercicio abrió un espacio donde imaginar futuros dejó de ser un acto de predicción y se convirtió en un ejercicio crítico sobre el presente. Las emociones, lejos de ser un obstáculo, funcionaron como indicadores tempranos de tensiones culturales profundas.
El cierre con microacciones devolvió la reflexión al terreno de lo cotidiano. Pausar, proteger la privacidad, escuchar sin reaccionar, observar el uso de la tecnología, reconectar con el cuerpo y los vínculos físicos no aparecieron como soluciones, sino como prácticas de atención y cuidado. Gestos pequeños que, acumulados, permiten sostener diferencias, recuperar agencia y resistir automatismos.
En conjunto, la sesión dejó un aprendizaje central: los futuros no se definen únicamente en grandes decisiones estructurales, sino en hábitos, silencios, elecciones y relaciones que practicamos todos los días. Imaginar futuros diversos implica, primero, reconocer los límites de nuestra propia imaginación y atrevernos a cuestionar las promesas de uniformidad, control y comodidad. En ese ejercicio constante de observar, pausar y elegir se abre la posibilidad de futuros más plurales, habitables y conscientes.